Muchas veces la realidad supera a la ficción. A ese dicho tan conocido, que genera hartazgo con sólo oírlo, debería complementársele otro: cuando la ficción supera a la ficción. Y en esa categoría, enmarcada en el mundo de los seriales, entra por la puerta grande Fargo, la serie, en su relación intrínseca con Fargo, la película.

De manera simplificada, dos productos en los que se halla el sello —invaluable, en este caso— de los hermanos Coen (directores del film de 1996 y productores de la serie televisada por FX). De manera compleja, un producto escrito con precisión (Noah Hawley, creador del serial antológico) que sabe sacar provecho de otro de igual nombre, al punto de superarlo. En resumidas cuentas, Fargo, la serie, se erige como juez y parte de la película homónima; logra actualizar el vislumbraste mundo de los Coen a otras formas de narración y promueve un constante diálogo estético con el aclamado largometraje. Y si bien permanecen dudas sobre si la tercera temporada recientemente finalizada en los Estados Unidos alcanza el nivel de sus predecesoras, los resultados generales son más que alentadores.


En esta oportunidad, los hechos presentados —tan (ir)reales como la realidad misma, se podría ironizar— transcurren entre los meses del 2010 y 2011 en Minnesota. Allí, la relación de los hermanos Stussy (Emmit y Ray, ambos papeles protagonizados por Ewan McGregor) no es nada buena. El primero es un hombre de familia que se enriquece al frente de un emporio de estacionamientos. El segundo, un oficial de libertad condicional que culpa a su hermano de sus desgracias por haberlo engañado luego de la muerte de su padre (en vez de entregarle unas valiosas estampas como herencia, le obsequia un auto deportivo).

Lejos de toda unidad, Ray, con la ayuda de su explosiva novia Nikki (Mary Elizabeth Winstead), a quien salva de la cárcel, tendrá en mente robar el único grabado que aún guarda Emmit. Para ello convence a un exconvicto para que haga el trabajo sucio, pero las cosas salen mal y la víctima, fatal y por error, es un Stussy pero no Emmit: es el padrastro de la jefa de policía Gloria Burgle (Carrie Coon) —o ex jefa, según se encarga de remarcar ella misma ante cambios estructurales en la Jefatura—, lo que desembocará en la clásica investigación policial.

A los intrincados que, como se notará, son marca registrada en Fargo, se le suma el arribo de V.M. Varga (David Thewlis), un mafioso que prestó anónimamente dinero a Emmit y que ahora tiene la intención de utilizar la empresa de éste como fachada para hacer negocios turbios.

Además, en cuanto a lo narrativo, Fargo III nos regala un capítulo inusual, donde los hechos que allí transcurren no tienen un vínculo exhaustivo con el posterior desarrollo de la trama central. En concreto, en “The Law of Non-Contradiction” la agente Burgle indaga en la pasada vida de su padrastro difunto, quien fuera escritor de ciencia ficción y conoció el ambiente de Hollywood, donde el éxito tiene lugar para unos pocos.

A su vez, en segmentos en formato animación, se cuenta la historia del protagonista de uno de sus libros: un robot que recorre por millones de años el universo al grito de “puedo ayudar”, pero nadie se percata de él, mientras todo a su alrededor es caos. La inquebrantable Burgle —Fargo suele tener una mirada impoluta de los detectives policiales, si bien esta temporada no sería el mejor ejemplo— actúa de manera similar: las puertas corredizas automáticas no funcionan en su presencia y sus pruebas son desoídas por su superior. La figura fantasmagórica también podría atribuírsela al histriónico Varga, cuyas huellas son imposibles de rastrear.

El psicologismo de Fargo es otro de sus emblemas, aunque en esta temporada no logra explotar como en las anteriores. De igual manera, víctimas y victimarios —en un juego sin fin— actúan para satisfacer su propia conciencia, por temor a la culpa, por venganza o por avaricia; o un combinado de todas. Lo cierto es que el sueño americano suele hacerse trizas y se convierte en una carga, en una pesadilla.

Pero esto transciende las fronteras. Y entre el clima frío de la primera mitad, y el templado del final, Hawley recuerda la importancia del infinito blanco de la nieve como recurso visual a explotar. Blanca nieve teñida de sangre, una imagen propia de los Estados Unidos y Rusia. Esta última temporada es la que más consideraciones políticas introduce, amén de la coyuntura mundial vigente.

“En toda Rusia… Cientos de años, los millones que mató el zar, luego Lenin y luego Stalin. ¿Aquí que tienen; centros comerciales, unos cuantos indios muertos? (…) Veinte millones de rusos murieron combatiendo a Hitler; los genocidios, la hambruna, veinte millones más (…) Por eso la nieve es tan blanca, para ocultar la sangre”, afirma uno de los sicarios —un ruso— de Varga mientras que el otro —un asiático, claro— lo observa en silencio.

Fargo hace del azar tema de interés

La variedad de personajes presentes, que casi siempre se movilizan en pares —Burgle y otra policía, Ray y Nikki, Nikki y un presidario, Emmit y su socio Sy; por mencionar algunos— interactúan entre sí bajo el infortunio, que parece romper con toda lógica, que incentiva el drama y precipita acontecimientos insospechados. Entre el parecer y el ser; entre la verdad y lo verosímil. Fargo juega con esta idea; o mejor dicho, se ríe de ella (el humor negro predomina, algo heredado del film devenido en manual de estilo).

En una de las tantas escenas donde se discute la naturaleza de lo azaroso, el nuevo jefe de Burgle, que se niega a ver más allá de los simples acontecimientos, le narra a ésta para que deje de dar vueltas sobre el caso la historia de Laura Buxton, una niña de nueve años que ata a su globo una nota con la dirección de su hogar para pedir que, si alguien lo hallase, lo devuelva; el objeto vuela varios kilómetros y cae en una casa de una niña de nueve años llamada Laura Buxton.

¿Cuándo los hechos suceden por casualidad o causalidad? U otra pregunta más amplia, ¿son creíbles? No sólo vivimos en un mundo de coincidencias que a veces parecen no serlo; en esta oportunidad la serie va más allá e indaga, sutilmente, en el clima de incertidumbre que vive el mundo, al que cada vez se le hace más difícil diferenciar verdad y mentira. ¿Qué es una historia real? La clásica introducción de Fargo (“This Is A True Story”) se hace chiste como nunca antes.

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