Prólogo_Las Mil Caras de un Autor

Cuando tenía veintitrés años publiqué mi primer artículo en un diario de difusión masiva. Se trató de una crónica sobre la estadía del dramaturgo norteamericano Eugene O´Neill, en los bajo fondos de Buenos Aires a principios del siglo XX. Había tomado información de un documental y luego investigué sobre el tema. La aparición de mi nombre en letras de molde sobre la página derecha de un suplemento de cultura, y la cantidad de gente que me decía “leí un artículo tuyo” no dejaban de reverberar en mí. Sin embargo, me costaba comprender algo tan obvio como el poder de la prensa escrita.

Al poco tiempo, me contrató la Revista Vogue francesa para que escribiera, en la medida en que encontrara temas de interés para los lectores, unas viñetas sobre actualidad cultural y turística de Buenos Aires. Diez años más tarde, luego de haberme alejado del periodismo por un tiempo, a raíz del nacimiento de mi hijo, y de la publicación de mi primera novela titulada Nadie alzaba la voz, volví a ofrecer mis colaboraciones al suplemento cultural de un diario. “¿En qué te especializas?”, me preguntó el editor. “Bueno, puedo escribir sobre literatura inglesa y norteamericana”, contesté.

En realidad, no lo había pensado de antemano sino que fue una respuesta espontánea, dado mi conocimiento y cercanía con la literatura anglosajona. “Me gustaría hacer entrevistas a escritores”, agregué. De más está decir que nunca las había hecho, pero así es el trabajo periodístico: se ofrece lo que todavía no se hizo porque es lo que se desea aprender. Me marché de la redacción del diario con la tarea de realizar entrevistas a escritores anglosajones. Había varios problemas a resolver, a quiénes entrevistar, por qué motivo, dónde entrevistarlos, dado que viven en Estados Unidos o el Reino Unido y yo en Buenos Aires, y de qué manera encontrarlos.

Quizás porque mi inicio temprano en la literatura –esa inmersión en el mundo de los libros que yo suponía inagotable– sucedió mientras vivía parte de mi infancia y de mi adolescencia en Nueva York, siempre mantuve una sensación de proximidad con los escritores en lengua inglesa. De alguna manera, las voces de cada autor que leía me iban resultando más familiares. Y, al mismo tiempo, misteriosas. Comencé a comunicarme con las editoriales para interiorizarme en sus próximas novedades. Así fue como me enteré de que se publicaría, en castellano, el libro titulado “El día que Nietzsche lloró” del psicoanalista y escritor norteamericano Irving Yalom. Conseguí su número de teléfono y le propuse hacerle una entrevista por ese medio. Aceptó. Mediante la ayuda de un grabador conectado al teléfono hice mi primera entrevista a un escritor norteamericano. Salió publicada en el diario La Nación; además, el libro fue un éxito de ventas.

Sin embargo, las entrevistas telefónicas que volví a hacer cada tanto a lo largo de los años, no son las que seleccioné para este libro. Algunos de los escritores con quienes conversé por ese medio fueron Tim O´Brien, Nicole Krauss y Tobias Wolff. El narrador y ensayista John Updike, me ofreció que lo entrevistara por teléfono. A mi carta, respondió lo siguiente: “Su bella carta del 23 de octubre ha permanecido sobre mi escritorio mucho tiempo a la espera de una respuesta. Los últimos días de febrero serán un momento demasiado ocupado para mí. Me encontraré volviendo de un viaje y, luego, nos iremos a nuestro refugio de invierno. No cuento con el tiempo como para que nos encontremos y conversemos. Sin embargo, quizá podamos combinar para realizar una breve entrevista telefónica, si eso fuera de su agrado. Déjeme saber si es así o si deberemos relegar nuestra entrevista a un futuro indeterminado. Gracias por su atención y por su interés en mi trabajo. Cordialmente, John Updike”.

Preferí postergarlo hasta un próximo viaje a Estados Unidos. No pude hacerlo: murió antes de que yo volviera a visitar su país. En 1998 obtuve una beca que otorgaba el Consejo Británico para asistir al Cambridge Seminar on the Contemporary British Writer (Seminario de Cambridge sobre escritores británicos contemporáneos). El encuentro, donde la audiencia estaba compuesta por profesionales de distintas nacionalidades y los disertantes eran británicos, consistía en mesas redondas conformadas por novelistas, poetas, críticos literarios, dramaturgos, guionistas de cine, radio y televisión y traductores literarios. Una de las tardes estuvo dedicada a la lectura de textos de los participantes, traducidos al inglés. Allí tuve la oportunidad de leer un capítulo de una novela de mi autoría.

Esta antología de viajes y charlas con autores que me atraen intenta dar cuenta del cruce de estos mundos a través de la anécdota de cada encuentro, las comunicaciones previas a cada entrevista, los vínculos que continuaron después. También, las impresiones personales que me llevé de ellos y, por supuesto, sus propias palabras. Llegar a cada personalidad sin fórmula fija requirió todas las veces un método nuevo, transformando a cada encuentro en un capítulo singular de este libro

A lo largo de los once días en los que se extendía el seminario, conocí a varios escritores a quienes entrevisté. Algunos fueron Hanif Kureishi, David Lodge, Malcolm Bradbury, John Fowles, A.L. Kennedy y John Fuller. Decidí incluir en este libro las entrevistas a David Lodge y Hanif Kureishi. A ambos volví a verlos, años más tarde, en distintas oportunidades, en sendas visitas a Buenos Aires. Regresé de aquel viaje con un bolso de casetes con entrevistas. Luego, las fui desgrabando y escribiendo a medida que se las ofrecía a distintos diarios; por lo general, se mostraban sumamente interesados en publicarlas. En cada diario me pedían un formato diferente. Por ese motivo, algunas de 11 las entrevistas se convertían en perfiles de escritores donde el relato sobre el encuentro, los comentarios sobre el escritor y su entorno y mis opiniones personales tenían gran relevancia. Otras, en cambio, consistían solamente en una introducción bio-bibliográfica, breves detalles sobre el encuentro y el texto principal con preguntas y respuestas.

De dichas grabaciones, utilizaba alrededor del treinta por ciento del material para los artículos que me pedían. Por primera vez en este libro, publico la totalidad de las conversaciones grabadas. Ya sea por invitaciones de instituciones culturales o porque me contrataban en universidades para que diera charlas sobre diversos temas literarios y mi propia escritura, comencé a viajar una vez por año o cada dos años, dependiendo de cuestiones personales y familiares. Así es como desde hace dos décadas, me dedico al periodismo cultural y me fui convirtiendo en especialista en literatura anglosajona.

Entrevisto a escritores, movilizándome hasta sus países y lugares cotidianos para comprender el universo personal de cada uno. No deja de sorprenderme –aún hoy– cómo en cada encuentro personal con algún autor cuya obra me atrapa, algo de esa voz silenciosa del libro se hace presente por un detalle de su mundo privado, y, a la vez, ese mundo está en total contradicción con la prosa del escritor.

Esta antología de viajes y charlas con autores que me atraen intenta dar cuenta del cruce de estos mundos a través de la anécdota de cada encuentro, las comunicaciones previas a cada entrevista, los vínculos que continuaron después. También, las impresiones personales que me llevé de ellos y, por supuesto, sus propias palabras. Llegar a cada personalidad sin fórmula fija requirió todas las veces un método nuevo, transformando a cada encuentro en un capítulo singular de este libro.

Paula Varsavsky

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