En el mundo actual, en el que todo está super ultra archi registrado, fotografiado, nos compramos un cosito de tictac de naranja, como un deformante óptico, que optimiza la mirada. Con la esperanza de que siempre algo nos puede sorprender, tiramos fotos aleatoreamente. En este caso, un cielo porteño, en pleno Palermo, a metros de la casa de Borges, nos devuelve, como en un refusilo, el último rayo de la tarde en una pared.

Este será el espíritu en estos días: todo lo que se vuelve naranja puede convertirse en una reflexión, o no.

El 55


En Thames, en la experiencia de tomar un colectivo como un extranjero, como algo exótico. En Rosario los bondis parecen ir a otra velocidad, parece que hicieran otro ruido, como si tocaran otra música. No es ansiedad la que genera el uso del transporte público en una ciudad visitada, pero siempre es misterio: ¿qué calles desconocidas serán las de su recorrido? Casi no queremos saberlo, con tal que nos lleve a donde necesitamos ir, a 10 cuadras de donde estamos. Encima, el 55, ese número que en política dice tantas cosas, casi como si contara la historia de los últimos 100 años de nuestro país, como si preguntara qué es el antiperonismo?, es acaso una ideología autónoma?

Llega y lo tomamos. Pasamos la SUBE y la máquina hace un sonido “pupi”. La gente asciende detrás nuestro, estamos ahí, hacinados, genial. El sonidito de la gente que marca la tarjeta nos retira de toda reflexión posible sobre cualquier realidad leída en clave política: somos todos iguales arriba del 55. Y lo más importante de todo el viaje: ese ruidito, como un leit motiv que alguien tuvo que pensar en algún momento, como una decisión que alguien tuvo que tomar, Pupi, es la marca de lo real, lo que te avisa que tu boleto ha sido pagado.

Necesitamos el ruidito, ese pupi, para saber que estamos en el mundo. Esa es otra marca de la victoria de la modernidad sobre cualquier desarrollo posible de la historia de la humanidad.

Feria del libro


Mañana martes empiezan las jornadas profesionales de la Feria del Libro de Buenos Aires. A eso vinimos, y esa es la historia que estamos por contarles. Las jornadas profesionales se desarrollan durante los tres días previos a la apertura de la feria, momento en que los editores, distribuidores y libreros de Argentina y gran parte de Latinoamérica se juntan a intercambiar ideas, impulsar negocios, mostrar su producción, y todo lo que gira alrededor de la cultura impresa y la lectura.

La feria es cada vez más grande, y cada vez con más contenido en un contexto de hiperinformación. Acá están las editoriales del mundo de habla hispana: las más importantes, las concentradas, las que intervienen sobre el gran texto social y sobre la cultura, las que miden todo desde un ranking de ventas, las que trabajan incesantemente aun cuando la coyuntura sea difícil para el comercio del papel. Y se puede decir que hasta están las editoriales que no están, las pequeñas, las que no se pueden pagar un stand, ni fundan su proyecto en el balance económico.

Están porque brillan en su ausencia, y brillan porque, aunque los más grandes no lo tengan en cuenta, esas editoriales intervienen necesariamente en este mundo, ocupando lugares que las demás dejan libres, editando autores que merecen ser leídos, con textos que están en búsqueda de su lector preferido.

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