Clapper txt_Mg_LUCIANO RODRIGUEZ COSTA

I-El secreto de sus ojos, el enigma de amor

La película comienza precisamente dando cuenta del enigma: los ojos de Irene. Su mirada amorosa, la dramática despedida en el andén del tren cuando Benjamín Espósito se aleja sin haberse atrevido ni a robarle un beso. Cada quien se iba con el corazón del otro en su mano, pero aún así Irene le parecía intocable a aquel.

Benjamín, un agente judicial ya jubilado, quiere escribir una novela sobre un caso que nunca pudo resolver: el asesinato de Liliana Colotto. Pero cuando intenta escribir la introducción, sólo las escenas de la separación de Irene Menéndez-Hastings, su jefa de departamento, vienen a la cabeza. Allí radica el enigma de algo que no pudo resolver. Benjamín no puede parar de pensar. Algo en ese caso abandonado tiene la clave de algo que las mareas del tiempo y los vientos de las distracciones no han podido disipar aún 25 años después.

II-El secreto de sus ojos, el síntoma del amor

¿Benjamín quiere resolver el caso inconcluso o quiere resolver su enigma de amor? A veces algunas realidades concretas son la continuidad del conflicto interno por otros medios. Como cuando a veces el pensamiento se ordena garabateando ideas sobre una pizarra o en la diacronía de la escritura, Benjamín encuentra en ese caso el escenario mismo que le devuelve desde fuera algo que adentro no halla sosiego.

Pero Benjamín lo dice más sencillo, y se lo expresa precisamente a Irene en una escena maravillosa: “Anoche no pude dormir. Pensé en usted. ¿Vió cuando uno ve las cosas desde un ángulo diferente? Cuando ve a otro y lo que ve en ese otro la lleva a ver su propia vida… Y me dije: yo tengo que hablar con Irene. Capaz que me saca cagando pero tengo que intentarlo. Irene se incorpora intentando disimular la revolución interior que esas palabras le generaron. Ella interpreta el sentido latente del síntoma de amor: “tengo que intentarlo”. Pero Benjamín aún no puede despegarse del caso, se ve reflejado en él, pero aún no puede pasar del espejismo de la imagen hacia el intento de una propuesta de amor: sólo le hablará del caso.

III-El secreto de sus ojos, TEMO.

Benjamín tiene piropos en cada bolsillo de su saco para distribuir por los pasillos de los tribunales, pero ante Irene se queda sin palabras. Sus miradas llenas de sentimientos se cruzan a cada momento sin poder llegar a darle palabras a esos afectos. ¿Qué le sucede? Una escena inicial lo presenta. En la noche, entredormido, se incorpora de la cama y garabatea unas letras en una hoja. Por la mañana las lee y se encuentra con un producto que observa con extrañeza: “temo”. Benjamín ama y teme, y por momentos no parece sospechar ninguno de esos sentimientos en sí mismo.

IV-El secreto de sus ojos, amor en estado puro

De todo el caso, el principal espejo cuyo reflejo busca Benjamín es la figura de Ricardo Morales, el viudo de Liliana. Durante meses Ricardo vigiló todas las estaciones de trenes con la esperanza de dar con Isidoro Gómez, el violador y asesino de su mujer. Hay algo de esa pasión que le produce fascinación a Benjamín: “Ud. no sabe lo que es el amor de ese tipo. Conmueve. Es como si la muerte de la mujer lo hubiese dejado detenido ahí. Eterno. Para siempre”.

Los discursos más habituales sobre el amor suelen referir a la eternidad: “Vivieron felices para siempre”, “hasta que la muerte los separe”, “te amaré por siempre” o incluso, como dijera Dolina con excepcional ironía, los “amores eternos de verano”. La fuerza de un amor imperecedero, inconmovible, absoluto, atemporal, apasiona a Benjamín. Cree ver allí la respuesta a un enigma. Benjamín teme, mientras que ve en Ricardo un amor temerario: “tenés que ver lo que son los ojos de él: están en estado de amor puro. ¿Se imagina lo que es un amor así? Sin el desgaste de lo cotidiano, de lo obligatorio…”, le dice a Irene.

V-El secreto de sus ojos, los ojos.

Se suele decir que los ojos son el espejo, o incluso la puerta, del alma. Hacia allí va la búsqueda de este agente judicial. En fotos de la juventud y casamiento de Liliana, descubre la mirada de Isidoro siempre posada sobre quien sería su víctima. Mirada sin palabras. Mirada impotente de alguien que se siente minúsculo e incapaz de acceder a ella. Es la mirada de la envidia que anhela la posesión destructiva de su objeto.

Pero nótese que la obra nos ofrece una relación insospechada. No sólo Ricardo es el espejo de Benjamín sino que Isidoro también lo es. Una escena produce esta relación. Irene le muestra fotos de cuando ella se casó, en las cuales aparece como apartado y posando también sus ojos sobre ella, un triste Benjamín que ve de afuera a un objeto de amor que había dejado pasar y que ya no podría tener. Observa con impotencia.

VI-El secreto de sus ojos, cuando el amor falla

Decir que hay una relación que la obra nos ofrece entre el héroe enamorado y el villano desalmado ¿significa pensar que Isidoro amaba también a Liliana como Benjamín a Irene? Pues no. Benjamín ama tan idealmente que siente que esa mujer es intocable. Y cuanto más intocable más eterno es su amor. Y cuanto más eterno e intocable, más se parece a ese “amor en estado puro”. Isidoro, en cambio, no puede amar, se siente impotente e incapaz. Quizás aterrado frente al poder de las mujeres. No puede amar porque ello supone el miramiento tierno hacia el otro; y no solamente el deseo de posesión erótica del cuerpo del otro. Isidoro no puede amar sino sólo poseer para sí y desposeer al otro de sí.

El reverso de la impotencia es la omnipotencia cruel que termina por desplegar. En el amor, como en toda relación humana, se juega el poder. Tener un miramiento tierno por el otro significa ceder poder. Estar en posición de amante, es estar en posición de vulnerabilidad. Isidoro alguna vez había sido “noviecito” de Liliana, pero el odio y la envidia colmaron la escena y el ejercicio de un poder cruel generó el peor de los pecados: disponer de la vulnerabilidad del otro para arrebatarle deliberadamente su dignidad.

VII-El secreto de sus ojos, el lobo y el machismo

Capturado el asesino, la pregunta es cómo hacer que el lobo deje caer su piel de oveja y confiese su crimen. Irene percibe la mirada lasciva de Isidoro y, de pronto, accede a una verdad aún sin palabras de confesión. Apunta entonces sus armas precisamente hacia la impotencia latente de aquel ser: un “alfeñique”, “brazos como dos fideos”, “maní tostado”, entre otros insultos, apuntan a menoscabar sus precaria constitución “masculina”. Una escena interesante porque nos invita a revisitar todo aquello que se espera que sea un hombre para ser considerado socialmente como tal: de espaldas anchas, pijudo, adinerado, con brazos y piernas poderosas, capaces de romper un maxilar.

Mire esta cara… -dice Irene tomando a Isidoro de los cachetes-. Una belleza como ésta -dice en relación a Liliana- no está al alcance de cualquiera. Hay que ser muy hombre para engancharse una mujer así”. La violencia de la cultura entonces desenmascara la violencia de un Isidoro que, pisando el palito, saca a relucir toda su omnipotencia “masculina” en un ataque de furia que pone en juego precisamente todo aquello que se le acusaba de no tener: agresividad, miembros fuertes, anchos, largos, etc.

VIII-El secreto de sus ojos, dejar pasar para que nada pase

Si bien luego de ello Isidoro finalmente queda detenido, durante un gobierno violento, como suele suceder, se legaliza la violencia y la crueldad. Pasa a formar parte de las fuerzas de seguridad de Isabel Perón. Ante el asesinato de Pablo Sandoval, el Watson de Benjamín, este último se exilia y se despide de aquella que amaba, sin poder decir palabra ni poder tener el gesto de ese beso que confirmara su deseo.

25 años después, ya viviendo de nuevo en Buenos Aires, Benjamín le confiesa a Irene que desde que se fue en ese tren, sólo se ha estado “distrayendo”:Hace 25 años que dejo pasar todo ¿cómo puede ser? (…) ¿Como se hace para vivir una vida vacía? ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada?”. Dice dejar pasar todo pero también dice que nunca pudo dejar de pensar en lo que pasó. Entonces ¿deja o no pasar las cosas?

A veces dejar pasar las cosas en la realidad es un modo de que nunca nada pase en la fantasía. Los amores imposibles son amores eternos. Puros. No tienen la mancha de lo “cotidiano”. Benjamín dejó pasar la oportunidad de estar con quien amaba, para conservarla, intocable, en su memoriosa fantasía amorosa. Benjamín quiere dejar de dejar pasar en la vida y conservar en la memoria, para poder tener en la vida y dejar pasar en la fantasía. Pero aún precisa algo más para pasar del temor al amor.

IX-El secreto de sus ojos, una perpetua de amor

Decide entonces volver a buscar a Ricardo Morales. Lo encuentra en una alejada quinta de una zona campestre. Le pregunta algo que tiene sintomática relación consigo mismo: “¿Cómo hizo para vivir sin ella?”. Y además, ¿Cómo es que dejó de preocuparse por buscar al asesino de su amor puro? Pero la irritada respuesta de Ricardo es el olvido. “Elija bien, lo único que nos queda son recuerdos”, le despide.

Como las respuestas no le cierran al apasionado investigador, vuelve a la casa de Ricardo y descubre la verdad. En una casa cerca de la casa principal de la quinta, unos improvisados barrotes encierran a una sombra a la que unos tonos tenues de luz descubren como un envejecido y atrofiado Isidoro. Con esfuerzo, como si quisiera despertar un órgano durante mucho tiempo dormido, murmura algunas palabras: “…dígale que por lo menos me hable…por favor…”.

A través de los barrotes se ven los ojos duros e inconmovibles del amor: “usted dijo perpetua”, le recuerda Ricardo a Benjamín. La escena es tan devastadora como la del asesinato de Sandoval. “Que se pudra en una cárcel”, se suele decir sin saber bien qué se dice. Ricardo aparece como una actual Antígona, llevando su deseo hasta sus últimas consecuencias y traspasando toda ley humana en favor de la ley del amor.

X-El secreto de sus ojos, TE AMO

Habiendo resuelto finalmente el enigma del caso, parece de igual modo haber destrabado su propio conflicto. Tomando la hoja que dijera “temo”, agrega una milagrosa “A” intermedia: “te a mo”. La misma letra que nunca escribía la Olivetti que tenía en el juzgado, en sus tiempos de actividad, y que era la misma que usaba en la actualidad para escribir su novela de Amor. Tan simple y tan complejo como una letra que acomoda a las otras, resignificando su sentido.

¿Por qué se destraba la “A”? Benjamín siempre buscó el sentido de ese amor inmortal capaz de vencer el tiempo. Ese amor capaz de darle la clave que le permitiera superar su temor. ¿Será entonces que descubrir que Ricardo finalmente nunca abandonó su amor por Liliana ni tampoco su deseo de venganza perpetua, le permitió tomar el coraje de ir, implacablemente, por aquello que se desea?

Creemos que no. Quizás Benjamín descubrió, con horror, qué tan cercano está el amor perpetuo -puro y eterno- a la condena a cadena perpetua. Benjamín contempló la cárcel de Isidoro, pero sobre todo la cárcel de Ricardo. Y a su través, la cárcel en la que él mismo estaba al no poder tomar la vida con sus manos, en vez de dejarla pasar para conservar la memoria atemporal. No existe nada más mortífero para nosotros que lo que se eterniza, ni nada más vital que la muerte como fin de lo vivo. Benjamin Espósito finalmente puede pasar del “temo” al “te amo“, de la fantasía a la realidad, de la memoria al acto. Va a hablar con Irene. La puerta del despacho se cierra, se abre la de la intimidad…