Clapper txt_Mg.Luciano Rodriguez Costa_Ago_2018

“El encanto del erizo” nos presenta una de las paradojas más notables de la vida: el amor siempre está en relación a la muerte. Las más grandes obras del cine, la literatura, la música, si lo pensamos, han vinculado ambas realidades. Nunca es tan claro y sincero el amor que cuando se está herido de muerte, me pide Hamlet que agregue a esta intro. Pero “El encanto del erizo” tiene aún otra ferviente paradoja que ofrecernos: el amor es un descuido. Y Eros lo sabe.

Amor Erizo

L’Élégance du hérisson es una novela de Muriel Barbery, llevada al cine por Mona Achache. Traducida al español como “El encanto del erizo”, “La elegancia del erizo” o, en general, como “El erizo”. Esta obra francesa ambientada en la romántica Paris, tiene dos protagonistas: la Sra. Michel (Renée para los amigos) y Paloma, una niña de 11 años. Michel es portera de un edificio de ricos, que dice: “yo represento a la perfección el arquetipo de la portera de un edificio: fea, vieja, gruñona”. Quiere pasar lo más desapercibida posible, pero, al mismo tiempo, ese desapercibimiento la hace sentirse insignificante para los demás.

Paloma, por su parte, entiende que el mundo adulto es “vivir en una pecera, golpeando contra el vidrio como moscas”. Planifica suicidarse para su cumpleaños de 12. Hija de un padre con cargos políticos importantes y de una madre que lleva años de un simulacro de psicoanálisis que no le ha evitado el consumo secreto de antidepresivos. Paloma considera que la muerte no es lo importante sino qué te encuentra haciendo cuando llega. Su inteligencia es tan grande como su desorientación en relación a la vida. Cámara en mano -como una pequeña Camus- se propone dejar un testimonio fílmico que demuestre lo absurdo de la vida humana. Si hubiese sido argentina, sin dudas cantaría al unísono con el Polaco Goyeneche que “la vida es una herida absurda”. Renée y Paloma, almas desencantadas.

¡Pica para Renée escondida en la habitación!

La primera muerte que habilita un amor es la del Sr. Arthens, propietario de uno de los departamentos de lujo. Allí se muda un curioso personaje: Kakuro Ozu, un japonés que lleva lo mejor de su cultura consigo. Se produce entonces el primer encuentro entre Renée y Kakuro, en una escena maravillosa: Kakuro le pregunta si conocía a la familia que estaba antes en el departamento en el cual él viviría, a lo cual ella responde que se trataba de “una familia como cualquier otra”. “Una familia feliz”, agrega una dama adinerada que se encuentra presentándole el edificio al japonés. “Las familias felices se parecen…”, dispara la Sra. Michel. Y un atento Kakuro completa la frase de Renée: “…pero las que son desgraciadas lo son cada una a su manera”.

Desorientada, luego de despedirse, acude a su escondite secreto: una habitación repleta de libros donde puede “colgar” la piel de erizo y habitar su intimidad. El refugio y escondite de Renée. Allí consulta un libro de León Tolstói, Anna Karenina, donde halla la frase que entre ella y Kakuro reprodujeron textualmente. ¿Qué sucede en esta escena? Renée está desconcertada porque compartió sin darse cuenta algo de su intimidad, de ese mundo escondido, frente a un extraño que, por su parte, no vio a la Sra. Michel, la portera gorda, fea y huraña, sino a la Renée sensible, amante del arte y de los pequeños placeres que este nos ofrece. Ella (se) expuso algo de su intimidad sin saberlo y hubo un otro que fue sensible a su mensaje y lo supo alojar.

Amabilidad: la sensibilidad del roble

Kakuro no sólo aloja el mensaje de Renée sino también el de la aguda Paloma. Esta niña desencantada es portavoz de una filosofía del absurdo que la hace parecer una esclarecida del sin-sentido de la realidad humana, pero que en verdad sufre porque ve diariamente a una madre que se siente vacía y aislada, pero que, al mismo tiempo, se muestra hiperadaptada a su pecera a costa de antidepresivos. Como la madre, Paloma siente que la vida no tiene un sentido para ella, pero diferenciándose de aquella, quiere demostrar que se puede rebelar contra ese destino, saliéndose de la vida misma. Patea el tablero.

En lo que constituye una bella escena de diálogo entre una niña y un adulto, Paloma le dice a Kakuro que sus gatos son sólo dos especímenes gordos que comen croquetas de lujo y dejan pelos en los sillones que habitan. Kakuro inquiere: “seguro que tendrán otras cualidades…”. Ante la negativa, Kakuro le enseña amabilidad: “Creo en la sensibilidad y el resplandor del roble, y por esa razón creo en los de un gato”. Enseñar amabilidad no es cuestión de buenos modales, sino de enseñar la consideración hacia aquello digno de amarse aún en la fortaleza más sólida. La verdad de que el roble es un árbol gordo que ensucia con sus hojas, debe medirse con la verdad de que aloja sensibilidad y resplandor. Esa es su enseñanza.

Paloma entonces, recuperando la capacidad de consideración amable, dice: “la Sra. Michel me recuerda un erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes“. Falsamente indolentes, como Paloma, su madre y la Sra. Michel. Y amables.

Tout ce que nous voulons

La trama llega a su punto más dramático cuando luego de una cena compartida con su sereno pretendiente, Renée, que esperaba de él quizás algún acercamiento más, de pronto sabotea todo el romance. Rechaza su siguiente invitación sin dar razones, y en medio de una crisis de autoreproches, se dice que nadie podría quererla realmente: “eres una portera horrible, nada más”.

Las púas del erizo se yerguen entonces reclamando el lugar que habían cedido por amor. Casi como reprochando que con la deposición de su personaje huraño hubiera quedado expuesta y sin defensas, arriesgándose a ser malherida. Las espinas de hosquedad y soledad son defensivas. A veces nos enojamos con ellas, e incluso los psicoanalistas nos apresuramos a querer recortarlas o ponerles corchos en las puntas, sin poder comprender que están allí por algo. Kakuro no cede a la crisis porque sigue pudiendo ver otras realidades.

Entiende que Renée tiene miedo, y como él no está apurado, no parece temer quedar ensartado en sus púas. Le regala todo el vestuario necesario para la salida que le había propuesto. Cuando sale de su brazo, desbordando elegancia, cruzan a la misma vecina de aquel primer encuentro, quien los saluda diciéndole “buenas noches Sr. Ozu; encantada, Señora”. Renée está desconcertada: “no me ha reconocido…”, repite dos veces. Con la destreza de un samurái del amor, Kakuro le responde: “es que nunca la ha visto”. El Principito aplaude de pie esta escena.

Al final de la salida, nuestro samurái dirá una bellísima frase que terminará de desnudar la fortaleza de espinas de la Sra. Michel: “Renée, nous pouvons être amis et même tout ce que nous voulons”. Le repetirá nuevamente la misma frase, para asegurarse de que su mensaje llegue a través de las espinas: podemos ser amigos y todo lo que queramos ser…”

Kakuro propone que podemos ser. Pero sobre todo, podemos estar siendo. Es decir, no quedar coagulados en una sóla forma del ser -particularmente aquella fortaleza solitaria de portera-. Si podemos ser junto a otros, podemos ser libres. Su mensaje es de libertad. Un mensaje que, además, parte de la base de la amistad, ese afecto respetuoso y con miramiento por el semejante. En un amigo no se busca la descarga directa de una excitación sexual, sino que el fundamento de la amistad es no sólo el sofocamiento de la excitación pulsional sexual, sino el fortalecimiento de la simpatía, la empatía, la valoración de su diferencia, el compartir experiencias, entre otras. Desde esa base amistosa propone: aún podemos ser otras cosas más.

El amor, ese descuido

Feliz de haber depuesto finalmente sus espinas, al otro día Renée sale a la calle a sacar la basura. Sus comisuras dibujan alegría y su ceño liviandad. Como se da cuenta de que olvidó cerrar la puerta de su escondite, vuelve a cerrarla. Sale y descubre al simpático personaje del barrio, un indigente medio loco que en esta oportunidad baila sobre la calle como si no hubiera nada que temer. Ella se apresura a sacarlo de allí. En una escena anterior ya había demostrado ese cuidado con Paloma, al cruzar la calle. Quien se ha descuidado ahora es ella. La atropella el auto de la tintorería.

Dos veces entonces se descuida Renée. ¿Por qué? ¿Por qué olvida cerrar la puerta de su ultrasecreto escondite? ¿Por qué no ve venir el auto? Quizás por el mismo motivo que se descuidó la primera vez cuando citó, sin darse cuenta, esa frase de Anna Karenina: porque el amor es un descuido.

Bien lo sabe nuestro visitante en Rosario, Eros. Alguna vez, siguiendo el mandato envidioso de mamá Afrodita, se propuso hacer que la bella Psique se enamorara del hombre más feo del mundo. Pero hete aquí que el mandato, esa espina, fracasa ante un descuido: por accidente Eros se pincha con una de sus propias flechas doradas y se enamora de Psique. La flecha de Renée fue “todas las familias felices se parecen”, un descuido del inconsciente que le reveló al otro su amor a la literatura, a la belleza y, por ende, hizo que se muestre y comunique más allá de las espinas.

Morir de amor

“El encanto del erizo” de entrada nos dice a través de Paloma que el problema de la vida no es la muerte, sino qué se está haciendo con la vida cuando aquella llega.

¿La muerte qué es? Es aquello a lo que nos exponemos cuando amamos. Freud decía que “un fuerte egoísmo preserva de enfermar, pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo, y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar”. Cuando la fortaleza solitaria es herida, la sensación es de muerte. La muerte de las defensas contra toda frustración posible frente al semejante. Para los soldados del Yo, el amor es un suicidio porque supone avanzar deponiendo las armas. Pero sin ese suicidio, no podemos amar. Y si no podemos amar, nos enfrentamos al verdadero opuesto de la vida: la no-vida. La muerte no es lo opuesto de la vida, y la verdadera calamidad no es morir, sino vivir muerto. Una vida que no se siente viva, es una vida que no se siente real, y eso sí es una verdadera desgracia.

Existe la expresión popular que dice que tal o cual persona es o fue “el amor de mi vida”. Amores que nunca llegan a concretarse en una relación sostenida. Se trata de amores idealizados, muy vinculados al propio narcisismo, y que, justamente por ideales, son imposibles, porque si fueran posibles ya no serían ideales sino reales. Pues bien, realmente un amor tiene estatuto de “amor de la vida” si fue capaz de darnos muerte. Y si esa muerte nos permitió volver a amar. El amor de la vida es más bien el de la muerte. Aquel que reclama una muerte. Entonces, la vida no es una herida absurda, salvo que esa herida no nos permita amar.

Peces y flechas doradas

Paloma había planeado matarse tomando los antidepresivos de la madre. Para constatar su eficacia, experimenta dándole primero una pastilla a su pececito dorado -de acuerdo a la metáfora de que el destino del adulto es la pecera-. Constatada su efectividad, el pez se libera de la pecera y va al inodoro. Pero hete aquí que más tarde resurgirá por el inodoro de Renée -nótese: la noche en que se dispone a darle otra chance al amor al salir con Kakuro- quien lo rescata y deja en una jarra. Luego de la muerte de Renée, Paloma encuentra al pez en su departamento. Descubre entonces algo crucial: no todo tiene sentido. Su cabeza hiperintelectualizada respira aliviada…

El amor sucede, como un sinsentido, imprevisto como una flecha torpe, como un pez que retorna de la muerte, como las familias que se diferencian en su sufrimiento, como la paradoja de que sea el sufrimiento el que nos haga amar. En tiempos donde es pecado sufrir y mandato gozar, se hace difícil morir de amor, es decir, arriesgarse a deponer las armas para transformarse y ser junto a otro lo que queramos ser.

El reverso de “la vida es una herida absurda” es “primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”. O sea, primero la herida, luego amar, después salir a la vida -como Renée a la calle- y, finalmente, dejar de intelectualizar. Como Paloma contemplando el amor incomprensible en ese pez, dorado como las flechas de Eros.