Clapper txt_Mg.Luciano Rodríguez Costa_Abr_2018

Las obras de arte tienen la fantástica propiedad de que no son capturables por interpretación alguna, al tiempo de incentivarnos incansablemente a ensayarlas con ellas. Son como viento en sus alas, imprimiendo fuerza, acompañando, orientando, contrariando, pero nunca atrapando el vuelo siempre independiente de la película. Nos invitan a repensar lo que sabemos, y a veces hacen figurables intuiciones que no llegan a la palabra.

Por tal motivo, en estas reseñas configuradas en #ModoAvión no nos propondremos explicar qué quiere “realmente” decir la película, ni nos propondremos servirnos de ella para presentar ideas del psicoanálisis, sino que se tratará de plantear lo que estas películas nos invitan a pensar acerca de quiénes somos y cómo reaccionamos frente a las problemáticas que la vida nos depara, desde la lectura que nos aporta un Psicoanálisis situado en la Salud Mental, es decir, en su sociedad y en su tiempo (Advertencia: si no vió la película, y quiere conservar la capacidad de sorpresa, no continúe leyendo…)

“Los Ojos de Edipo”, primera entrega en el cruce psicoanálisis/cine

¿Qué mejor modo de inaugurar este cruce entre psicoanálisis y cine que aludiendo a Edipo y a los ojos que el séptimo arte no deja de agasajar? Como cuando soñamos que soñamos, las películas que convocan a nuestros ojos, no dejan de hablar de ellos.

“Los Ojos de Edipo” nos hablan de ojos que han deseado espiar a través de la persiana de lo prohibido, nos hablan del horror de visiones sin párpados, nos hablan de la aniquilación de la percepción, de adivinos ciegos que ven más allá de los ojos, y de ojos que se resguardan tras la cobijosa ignorancia de un párpado decididamente cerrado.

Las películas que tomaremos nos hablarán de ojos ahuecados, de ojos de botón, de ojos que se consumen en su voracidad, de ojos visionarios y de ojos bien cerrados. Bájele el brillo a la pantalla de su móvil, póngase lentes si los precisa, lubrique sus ojos, y aceite los párpados para que desciendan a tiempo, tenemos cinco (5) visiones de la existencia humana por donde atravesar. Vamos con la primera.

El Hogar de Miss Peregrine para niños peculiares: los Huecos del Trauma.

“El Hogar de Miss Peregrine para niños peculiares” (Tim Burton-2016) está basada en la novela original con título homónimo de Ramsom Riggs y representa una de las respuestas posibles que los seres humanos tenemos frente a una catástrofe arrasadora: hacer de cuenta que esta no nos ha acontecido. Ya nos decía el pediatra, psiquiátra y psicoanalista Donald Winnicott que “es bien sabido que una característica de los seres humanos es la de mostrarse indiferentes ante la amenaza de un dolor que no se puede tolerar”.

La historia comienza con una muerte que se cobra el hacer de cuenta que no sucede lo que sucede: la muerte del abuelo Abraham, quien aparece en el bosque sin sus ojos. Este personaje es quien le relatara fantásticas historias a Jacob -su nieto y personaje principal de la obra- acerca de niños peculiares que sufrían el asedio de hombres que querían dañarlos y que él combatía.

Estas historias, sin embargo, son desautorizadas por Franklyn, papá de Jacob e hijo del difunto, es decir, tomadas como fabulaciones. Desde este trágico comienzo tenemos entonces una película dividida en dos. Por un lado, existe una realidad fantástica habitada por niños y monstruos y, por otro lado, una realidad donde este abuelo es tomado por un anciano con demencia senil.

El Hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, la indefensión del padre 

Es por ello que Franklyn le quita a su hijo el único arma con el cual podía defenderse de los monstruos que éste había denunciado que vendrían por él. Y allí tenemos ya los elementos de un nudo que nos ofrece “Miss Peregrine y los niños peculiares”. ¿Qué sucede cuando alguien en situación de indefensión denuncia un peligro y quienes están encargados del cuidado desautorizan o rechazan esa enunciación?

Por encargo de su abuelo, antes de morir, Jacob viajará a Escocia a conocer a Miss Peregrine, un personaje que cumple una función análoga a la de los antiguos tótem, ya que, por un lado, se transforma en animal (un halcón peregrino), y por otro, tiene una función de protección, en este caso, de los niños peculiares. Su arma para proteger a aquel a quien no se le cree, y que en el mundo real está en grave peligro, es la de controlar el tiempo.

Al llegar Jacob se encontrará con que ese Hogar de los relatos de su abuelo yacía en ruinas, tras haber sido impactado de lleno por una bomba arrojada por los Nazis durante la segunda guerra mundial. Nuevamente la obra nos presenta la tragedia que asedia y destruye. Pero el ser humano tiene recovecos, pasajes cavernosos, inexplicables, por los cuales arribar a ese otro lugar donde el tiempo de la tragedia se ha detenido.

El Hogar de Miss Peregrine para niños peculiares y los bucles en el tiempo

Este lugar se nos presenta en la película como un “bucle” de tiempo, es decir, un tiempo reversible: cada día Miss Peregrine detiene el tiempo en el exacto momento previo a que la bomba impacte sobre el techo del hogar, y lo vuelve 24 horas hacia atrás. La vida de estos niños se da entonces en un tiempo sin tiempo que repite siempre el mismo día de la tragedia y que siempre hace de cuenta que no sucedió volviendo al tiempo previo, al momento en que todo estaba bien.

Estos bucles mantienen esta doble realidad. En una, el tiempo pasa en una existencia gris en la cual las historias de los niños son desautorizadas exponiéndolos al peligro de sufrir aquello de lo que los adultos reniegan, y en la otra realidad la vida es colorida, y se desarrolla en un lugar seguro, protegidos de la tragedia en un espacio que repite, una y otra vez, el mismo día previo al arrasamiento, logrando así una vida al margen de los tiempos. Allí no hay presente, no hay pasado, ni habrá futuro.

La amenaza que se cierne sobre estos fantásticos refugios temporales son los “Huecos”, monstruos que alguna vez fueron “peculiares” también pero que quisieron vivir en el mundo real y quisieron poder trasladar a éste la inmortalidad que tuvieran en los bucles. Estos monstruos tiene una doble peculiaridad. Por un lado, son invisibles al ojo común, y por el otro, buscan comer ojos como “cura” para volver a su estado previo a la monstruosidad. Su invisibilidad los convierte en verdaderos predadores indetectables para sus víctimas, con excepción de Jacob cuya peculiaridad tiene que ver con la misma que su abuelo: la capacidad de ver la monstruosidad.

“El Hogar de Miss Peregrine para niños peculiares”, el trauma como hueco

Su llamativo nombre, “Huecos”, recuerda aquello que deja en nosotros el arrasamiento de un trauma. El trauma es un hueco en el psiquismo. Y Miss Peregrine representa esa respuesta que el ser humano encuentra frente a una situación en la cual no hay nadie a quien apelar, nadie que tenga la peculiaridad de ver los monstruos y detenerlos -como Jacob y Abraham. Vale decir, una respuesta que surge cuando nadie más nos cree que hemos sido dañados: dividir el psiquismo y la vida en dos realidades.

En una de ellas sabremos de la tragedia y la vida seguirá su tiempo cronológico. En la otra, se refugiará lo más íntimo del ser humano y, buscando obtener el cuidado que afuera no tuvo, detendrá la historia misma: esto sucedió, pero no me sucedió, diremos. A pesar de la aparente indiferencia, la sensación de amenaza será permanente, cuando el último grano de arena del reloj del tiempo reversible caiga en cámara lenta como la bomba sobre la casa.

Los Huecos representan el impacto meteórico del trauma, al tiempo que también la necesidad que esos personajes tenían de poder volver a estar en una sola realidad. Después de todo ¿cuánto tiempo se puede vivir en un refugio seguro pero al mismo tiempo en amenaza permanente?

Ahora bien, los Huecos también nos hacen pensar en una dimensión más siniestra de la mitología de la obra, la de aquellas personas, monstruosas, que abusan de los niños, y que les hacen ver cosas que los dejan como a Edipo Rey, queriendo arrancarse los ojos. Pero también podemos pensar en un reverso de esta enigmática búsqueda de ojos: la necesidad de ojos testigos que crean en sus relatos, que no los condenen a la fabulación, que no se tornen indiferentes ante un dolor insoportable, ni les pidan que sean indiferentes frente al trauma padecido.

El Hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, negaciones familiares

Este último es el caso de los personajes de Franklyn, una endeble figura paterna, y la de Kim, una madre que -reparemos en la importancia de este detalle de la narrativa- hace una aparición al principio de la película, bajo el signo de una brutal negación y hastío por las preguntas de Jacob, para luego quedar en el silencio y olvido totales. Sus ojos se ahuecan al resto de la historia, así como los nuestros hacia ella. Frente a semejante ausencia, hallamos la emergencia del desdoblamiento de ese personaje en uno que lo compensa como opuesto: Miss Peregrine es la mujer adulta que se demuestra infalible en su función de sostén de los niños.

Por otra parte, en Jacob (niño) no podemos dejar de ver sino al desdoblamiento niño de Abraham (abuelo) -ambos tomados por dementes y fabuladores, ambos poseedores del mismo atributo de poder ver a los monstruos- y que se presenta como aquel personaje capaz de tener ojos que no cedan al ahuecarse, que puedan ver lo monstruoso y actuar en consecuencia. La ayuda de este héroe será la que permita que finalmente los niños peculiares y Miss Peregrine puedan volver a la realidad común, protegiéndose igual que antes, pero ya nuevamente dentro de la historia, viviendo y envejeciendo “un día a la vez”.

En fin, frente a un dolor insoportable, se requiere de ojos “peculiares” que no desamparen haciendo de cuenta que no ha pasado nada. Y “peculiar” quizás sea cualquier ojo que conserve la esperanza de disponerse a lidiar con un horror que es preciso ver, cara a cara, a los fines de poder permitirle al otro salir de su soledad. Para algunos de nosotros esos ojos serán una labor de oficio, para otros serán una ocasión crucial, y para ambos casos, un deber ético hacia el semejante.

Mirá el trailer de “El Hogar de Miss Peregrine para niños peculiares”